Hay quien dice que le encanta pasear por las calles de Chinchilla. Y no es de extrañar. Sus peculiares callejuelas, estrechas, rampantes, que serpentean por todo el Cerro de San Vicente (que así se llama este peñasco fiero de la Mancha, como diría el maestro
Davia), invitan a perderse al visitante, por un viaje a través del tiempo. Y es que hay rincones en esta Noble Ciudad, que no villa, en los que el reloj parece haber dejado de andar para detenerse a contemplar cuántas gentes habrán pasado, cuántos avatares habrán acontecido en estos mismos lugares, en los que uno intenta guarecerse del sol, en una soleada tarde de verano.
Y contemplamos las casas solariegas, abatidas por el peso de la Historia, que sus vigas no han podido resistir, con sus balcones blasonados por grandes escudos, que algún personaje importante, y hoy olvidado, mandó colocar con sus armas...
Y en los muros, las placas con los nombres de las diferentes calles. Unos modernos, muy modernos. Otros, perdidos en la memoria, cuyo origen desconocemos.
Hay calles referentes a algún edificio importante (de la Obra Pía; del Juego de Bolos) o ermita en sus alrededores (de San
Antolín, hoy Dr. Daudén; de San Blas; de San Cristóbal; del Apóstol); a personajes ilustres (D. Hermenegildo Montesinos; D. Gaspar Paez de
Barnuevo; D. Fernando Núñez-Robres; el Gran Turco, hoy Elvira López); o sin más, a anécdotas curiosas que metafóricamente aluden a la fisonomía del pasaje (de Baja Despacio; del Jabón; del Infierno; de Fuera Peligros).
Y también las hay que recuerdan algún acontecimiento que aparece envuelto entre la historia y la leyenda, como es el caso de la Calle de la Cruz del Fantasma, o simplemente, de la Cruz.
Cuentan las gentes de estos lares, que tiempos ha, había en esta Ciudad un fantasma, que todas las noches se dejaba ver por sus calles.
Hoy sabemos que estos fantasmas (que más de uno había y hubo), no eran otra cosa que muchachos (o no tan muchachos), enmascarados con una saya, que se reunían con alguna moza, generalmente de menor posición social, a escondidas de sus padres, conocidos, o incluso esposas.
No es de extrañar, por tanto, que en unos tiempos, en que la brujería y el oscurantismo estaban a la última, los vecinos mostraran cierto recelo y temor, hacia aquel siniestro personaje, que cada noche les visitaba.
El asunto tomó tal cariz, que el propio Corregidor (hoy diríamos alcalde), tomó cartas en el asunto, dictando la orden de que el más presto en ver a este fantasma, le diera muerte inmediatamente.
Y así ocurrió. En una oscura noche (seguramente no había luz en las calles; a lo sumo, algún candil) en que casi todos dormían, el misterioso fantasma, protegido en el anonimato bajo su saya blanca, bajó una vez más a todo correr, por la parte trasera del Palacete de los
Barnuevo, hacia la Plaza Mayor. Pero esa noche, no llegó a su oculto destino.
Al volverse hacia la derecha, se encontró con un lugareño, que en vez de asustarse, recordó el edicto del Corregidor. Y, no sabemos muy bien si con espada o arcabuz, lo cumplió al punto.
Con el fantasma echado en el suelo, el valiente héroe se apresuró para buscar al Corregidor, y una vez en el lugar, procedieron a averiguar de quién se trataba.
No es difícil de imaginar cual fue la reacción del Corregidor nada más levantar la sábana que cubría el cadáver. La de cualquier padre que, sin saberlo, acabara de mandar dar muerte a su propio hijo.
En recuerdo de este macabro suceso, el Corregidor dio orden de marcar en la pared de ese lugar, una cruz de yeso, para que nunca cayera en el olvido.
A escasos metros de la Plaza Mayor, todavía se puede contemplar esta cruz, que da nombre a la calle.
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Cuando estemos frente a ella, no olvidemos mirar hacia la izquierda. Hace ya muchos años, tal vez siglos, por esa misma cuesta bajó, sin conocer cuál iba a ser su fatal destino, el
Fantasma de Chinchilla.
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